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¡Entrañables objetos de antaño y hogaño!

Efectuar -acompañados de la imaginación y las invocaciones- un “paseo” por reminiscencias y trozos de tiempo, tiene sentido solamente para tomar conciencia de nuestra futilidad, y de cómo los escenarios históricos se van transformando… pero también para dimensionar la grandeza que nos es dada por nuestra dimensión humana.

De esa manera, cada vez que el calendario se acerca a ciertas efemérides -como Fiestas Patrias, Fin de Año u otras-, salen a volar en los recuerdos no sólo volantines carcochas, árboles navideños, pesebres y estrellas de Belén, sino también trompos, ruleros o emboques, run-run artesanales, canicas, tabas, villancicos y Santa Claus ornativos, así como un sinfín de entretenimientos hoy fosilizados. Y allí están, como suspendidos en el tiempo, numerosos objetos que constituyeron partes de ambientes del pasado y que, incluso, algunos aún forman parte de atmósferas familiares; objetos que por su profundo significado social, familiar y personal acompañaron quizás a más de una generación, y que hoy, vistos en lontananza, resulta difícil reconocerles su utilidad. Claro, en la sociedad actual existen lavadoras automáticas, secadoras, lavavajillas, aire acondicionado… y hasta robot.

La imaginación de Toffler

Tanto en su libro el Shock del Futuro (1971) -según Le Fígaro el libro más revelador que se había publicado en los últimos veinte años- como en La Tercera Ola (1980), el futurólogo y cientista norteamericano Alvin Toffler afirmaba que “en los tres decenios escasos que nos separan del siglo XXI, millones de personas corrientes, psicológicamente normales, sufrirán una brusca colisión con el futuro”. Fueron libros explosivos para su época que se esperaba modificaran la forma “en que nos vemos nosotros mismos y el mundo que nos rodea”. En fin: “¿Estamos aquí para reír o para llorar? ¿Estamos muriendo, o estamos naciendo?” (Terra Nostra por Carlos Fuentes).

De esa manera, y un poco antes de la aparición de esas obras, entre 1958 y 1965 no solamente la ciudad de Talca era muy distinta a la actual, sino también la vestimenta, parte del idioma y hasta los objetos que portaban las personas, amén de aquellos que ornaban el interior de las casas o que simplemente se empleaban en actividades rutinarias.

Hoy vivimos en una sociedad que no crea vínculos con los cosas. Por el contrario: promueve el cambio constante de estas para generar una cíclica y conveniente “demanda”. Una sociedad -se quiera o no- que desde hace décadas privilegia y atiza el eslogan “tírese después de usado”, sin asumir que con ello se están envenenando la atmósfera, los océanos, el planeta entero, y hasta la propia especie humana.

Así, el televisor que se compró hace dos años ya está obsoleto y hay que comprar otro que tenga incorporadas nuevas y más sofisticadas aplicaciones. Y ese ejemplo se hace extensivo a una multiplicidad de dispositivos tecnológicos impensados en ese entonces (iPhone, celulares, transmisión satelital, notebook, etc.).

¿Qué joven conoce algunos de aquellos objetos que emplearon sus antepasados? ¿Una Millenium usaría enaguas… o pinches? Eran objetos simples, que ayudaban en tareas domésticas a las abnegadas madres de entonces, al común del pueblo, cuyas formas es probable que continúen girando en el mundo de las ideas de Platón y que estarían volatizados si no fuese porque de cuando en cuando salen a rebotar en la memoria de los que tienen más años (además de conocimientos, experiencia, sabiduría incluso). Objetos antiguos que ya no se usan, como los siguientes.

¿Recuerdan aquella esfera de cristal rellena con agua y una flor en su interior, que iluminaba la salita de estar? ¿O la plancha metálica de la abuela?, ésa a la que echaba unas brazas para que con su calor trasmitido a la base aplanara la ropa (otras funcionaban con espíritu de vino). Actualmente se cotizan como antigüedades para adornar algún espacio doméstico.

 

Artesas, escobas y lustrines

La masificada artesa -llamada también batea, pila o pileta, cajón e incluso tina- fue inspiradora de poemas, metáforas, y Tito Fernández le compuso una canción a inicios de los setenta del siglo pasado, de la cual se reproduce el título y parte de la letra… por si algún lector recordara la melodía. Se llamó “La señora Mercedes”, y comenzaba así: “La artesa donde lava la mujer proletaria,/ con voz húmeda y clara me canta desde el agua,/ corriendo por las venas, de la mujer del pueblo,/ va rompiendo cadenas y construyendo sueños./ La artesa donde lavas mujer endurecida/ en muy pocas palabras me cuenta de la vida,/ de mi camisa, pobre, de mi overol de obrero/ del delantal humilde, de mi hermana Lucero…”.  Inolvidable artesa -que también fue generadora de lumbagos y otras enfermedades- toda hecha de madera, con su infaltable tapón, una tabla rectangular y la infaltable escobilla para cepillar la ropa.

Asimismo, muchas familias poseían una piedra alargada, con su correspondiente mortero, para moler trigo y transformarlo en lejía para el mote (también se molía choclo para hacer humitas o pastel de choclo, etc.). Generalmente, y como en la periferia de Talca habían viviendas que carecían de luz eléctrica, la palmatoria era un artículo que satisfacía esa necesidad lumínica, o en su defecto se empleaban lámparas a gas. Entonces el ideal era tener colchones rellenos con lana de oveja, y mejor aún poseer un teléfono negro con un discado que se hacía girar en dirección de las manecillas del reloj… y por supuesto, la joyita de la casa: un Reloj Cucú (un lujo, verdaderamente).

Las moradas humildes atesoraban en su interior los objetos y artículos más peculiares, pero que se caracterizaron por su simplicidad funcional, tales como: olletas de fierro; el infaltable brasero a carbón, usualmente de latón y bronce, fierro y hasta de cobre, con sus infaltables tenazas y/o atizador para remover y controlar el fuego y el cisco. Los ropajes se guardaban en roperos de dos y hasta tres cuerpos; el lustrín no podía faltar en ningún hogar, ya que permitía que reluciera hasta el calzado más gastado.

Un sitial especialmente seleccionado exhibía el Radio a Transistores -generalmente de una marca alemana como Telefunken u otra-, y la pieza más preciada del hogar: un televisor-mueble que en la parte superior lucía un albo paño con un adorno floral.

De igual manera, en la década del sesenta del siglo XX comenzaron a aparecer en forma masiva los tocadiscos, que con su mueble tipo bufete fueron los preferidos de los estratos superiores en una sociedad anquilosada en prejuicios, sectarismos y clasismos (¿igual que hoy…?).

Las mujeres proletarias, en otoño e invierno, usaban chales y chamantos para que la lluvia brincara a sus anchas sin mojarlas; los hombres -en tanto- se echaban encima gruesas mantas de castilla -como lo veían haciendo desde el siglo XIX-, las que dejaban estilar en rústicas perchas y percheros.

La “máquina” de aseo era la artesanal escoba, y en la residencia de un sastre o modista jamás faltaban un dedal, tijeras, set de agujas, hilos y la clásica máquina de coser. Allende el tiempo quedaron las escupideras -absolutamente antihigiénicas hoy-, el hilo de cáñamo -fabricado con la planta Cannabis Sativa-, las ornativas tinajas jardineras, las máquinas para moler carne u otros productos, y posteriormente la innovadora Casetera con sus enjambres de video casetes que se marcharon zumbando de una realidad para nunca más retornar.

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