
Parto esta columna con un disclaimer y siendo algo patudo ya que no soy periodista, pero sí realizador audiovisual.
George Orwell decía “El periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques; todo lo demás son relaciones públicas”. Una frase que se escucha en escuelas de comunicación, debates públicos y discursos políticos. Y es cierto; en sociedades que se pretenden democráticas, el periodismo debe fiscalizar, cuestionar y poner en tensión a quienes ejercen poder político, económico o simplemente simbólico.
El gran “pero” es que esa consigna suele convivir con una contradicción incómoda: muchos de quienes la enarbolan también hablan de pluralismo, de diversidad de opiniones y de libertad de expresión, mientras al mismo tiempo buscan censurar, excluir o desacreditar a quienes no piensan como ellos. Se defiende el pluralismo… siempre que no incomode; siempre que no cuestione el propio relato.
La información construye realidad, no solo refleja hechos: los jerarquiza, los encuadra y les da sentido. Y, por lo tanto, crea opinión. Controlar la información —o moldearla— es ejercer poder. Es aquí donde el rol de los medios de comunicación se vuelve clave.
Un sistema democrático sano necesita medios públicos, sí, pero no medios al servicio del gobierno de turno. No vocerías disfrazadas de periodismo. Un medio público, a mi modo de ver, debería existir para algo distinto: informar con neutralidad, pluralismo y profundidad, sin competir con los privados en espectacularización, rating o intereses comerciales.
Como señalaba el presidente Eduardo Frei Montalva: “no servirá de instrumento de propaganda, ni será instrumento de ataques ni de odios. Servirá para unir e identificar a quienes muestren un claro propósito por ilustrar, culturizar e informar al pueblo de Chile”. La idea era construir un medio estatal pluralista, orientado a integrar, informar, entretener y educar a la familia chilena, promoviendo la cultura nacional y los valores democráticos.
Sé que lo que planteo puede parecer una gran contradicción, incluso un callejón sin salida, porque la pregunta inmediata es evidente: ¿Cómo se sostiene económicamente el medio público, si los medios tradicionales se financian a través de auspicios, los cuales las marcas priorizan en función del rating?
Y esa es precisamente una pregunta que Chile, país de ingenieros, debe saber responder, encontrando la forma de revitalizar económicamente un medio de comunicación tradicional sin traicionar su rol.
Como antecedente histórico, cuando nació la radio se anunció la muerte del diario. No ocurrió: el diario se transformó. Cuando apareció la televisión, anunció la muerte de la radio. Tampoco sucedió: la radio volvió a adaptarse. Hoy, en plena era del streaming, es momento de reconfigurar el modelo de negocio y el rol asociados a la televisión.
Los medios privados, legítimamente, responden a lógicas de mercado. Buscan audiencia, impacto, rentabilidad. Pero un medio público no debiera mostrar lo mismo que todos, ni repetir las mismas pautas, ni perseguir las mismas narrativas simplificadas, no debe ser uno más. Su misión debería ser otra: servirse únicamente a la veracidad, a la objetividad y al interés público, aunque eso incomode tanto al poder político como al económico.
Cuando eso no ocurre, cuando los medios —públicos o privados— comienzan a fintear, a acomodar la realidad, a torcer el relato según conveniencias ideológicas, coyunturales o contingenciales, el periodismo pierde su esencia y pasa a ser un “huaso ladino”: astuto, calculador, hábil para esquivar la verdad completa mientras aparenta honestidad. No necesariamente miente, pero tampoco dice todo. Sugiere, encuadra y omite. Y en ese ejercicio, la realidad termina siendo una versión funcional a quien controla el micrófono.
Mirar ejemplos extremos ayuda a entender hasta dónde puede llegar este fenómeno.
En Venezuela, la progresiva concentración del ecosistema comunicacional ha derivado en una hegemonía informativa donde las voces críticas han sido cerradas, asfixiadas o empujadas al exilio. El pluralismo existe más como concepto que como práctica real, y la información disponible tiende a ser condescendiente con el régimen que la controla, tanto es así, que los mismos reporteros venezolanos, este fin de semana, y a propósito de la captura de Nicolás Maduro por parte de las fuerzas armadas norteamericanas, informaban que por la televisión afín al chavismo se exhibían caricaturas y telenovelas antiguas.
En Corea del Norte, el escenario es aún más crudo: no existe prensa independiente. La población está obligada a consumir una única narrativa, diseñada para sostener al régimen. Allí la información no informa; adoctrina.
Estos ejemplos no son advertencias lejanas, son recordatorios de lo que ocurre cuando la comunicación deja de ser un derecho y se convierte en una herramienta de dominación.
Si la información crea opinión, y la opinión moldea sociedades, entonces la pregunta no es menor: ¿Defendemos de verdad un periodismo que incomode a todo poder, o solo uno que incomode a los poderes que no nos gustan?
El desafío no es repetir consignas sobre libertad de prensa. El verdadero desafío es defender una esfera comunicacional plural, honesta y rigurosa, donde existan medios públicos fuertes, independientes del gobierno de turno, y medios privados responsables; donde la verdad no se negocie ni se acomode; y donde el periodismo no actúe como huaso ladino, sino como lo que debe ser: un servicio esencial para la comunidad.
No quiero ser malinterpretado; la televisión pública es mi alma mater, el espacio donde realmente aprendí el oficio. Justamente por eso, quizás ha llegado el momento de dejar de tratarla como una vaca sagrada y empezar a pensarla con los pies bien puestos en la tierra, mirando su rol con honestidad y sentido de futuro.
Pedro Fuentealba Barros
Realizador Audiovisual, docente y Mentor UST.







